Fue en la época de Felipe II cuando en la corte se empezaron a consumir bebidas frías. Esta nueva moda respaldada por médicos de la época que describieron las virtudes de los líquidos bebibles enfriados, hizo que el rey ordenara la construcción de dos pozos de nieve en el puerto de San Juan de Malagón. Sin embargo, es en el siglo XIX cuando la demanda de nieve y hielo se dispara en Madrid debido al gran consumo de bebidas frías que se realiza en los cafés y Botillerías de la capital y que hace que el acopio en los pozos de nieve existentes en la capital resulten insuficientes.
La temporada en la que se desarrollaba el abastecimiento de nieve solía ser desde mayo hasta agosto, en unos tiempos en los que en la Sierra la nieve permanecía en los ventisqueros mucho más que hoy en día. Los jornaleros que cortaban y transportaban la nieve eran llamados neveros. Ascendían a los ventisqueros con tiros de mulos y carros por las tardes, cargaban al anochecer cubriendo de paja los sacos de nieve para protegerlos del sol y el viento, y la transportaban a Madrid, en un viaje que podía durar hasta cuatro días, en el que se fundía hasta un tercio de la carga. Casiano de Prado, en su “Descripción física y geológica de la provincia de Madrid”, publicada en 1864, describe en la Sierra los ventisqueros de Estrada, del Regajo del Pez, de las Guarramillas (más conocido como ventisquero de la Condesa), del Ratón, del Algodón, y de la Peña Lara, de donde se bajaron a Madrid en el año 1861 más de quinientos carros de nieve, que se vendía a 20 reales la arroba. La explotación de los pozos de nieve en la Sierra de Guadarrama se desarrolló hasta finales del siglo XIX con la aparición del hielo artificial.
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