La importancia estratégica de la Sierra de Guadarrama fue patente, una vez más, en la campaña iniciada por Napoleón en 1808 para aplastar la insurrección de Madrid, que había precedido al levantamiento contra los franceses de varias ciudades y villas castellanas, incluida Segovia.
El valle del Lozoya sirvió de refugio y cuartel general de Juan Martín “El Empecinado” antes del inicio de su lucha guerrillera antifrancesa y la entrada en Madrid en 1813.
Tras la Guerra de Independencia, la Sierra sufrió un alarmante incremento de las partidas de bandidos. La pobreza y el hambre obligaba a este tipo de actividad, por lo que atravesar la Sierra se convirtió en una arriesgada aventura.
Los gobiernos absolutistas, durante el reinado de Fernando VII, provocaron un colapso de todo el avance científico y naturalista en torno al Guadarrama, que se había iniciado con la Ilustración, clausurando instituciones como el Ateneo Científico y Literario de Madrid, que sólo llevaba tres años de funcionamiento, o persiguiendo todo tipo de obra y publicación científica.
Tras la muerte del rey, el 29 de septiembre de 1833, se retoman los estudios para el conocimiento de la Sierra. En 1849 inicia sus trabajos la Comisión del Mapa Geológico de España, en el que destacaron el geólogo e ingeniero de minas Casiano de Prado, el médico Mariano de la Paz Graells y Vicente Cutanda, o colaboradores como José Macpherson.
Mientras los científicos trabajan ese mismo año, aparentemente imperturbables, el ambiente social y político está enrarecido. A la muerte de Fernando VII, en 1833, se inicia el enfrentamiento por el poder real entre dos posibles pretendientes al trono que da origen a la Guerra Carlista que divide al país.
Con el primer gobierno de la regencia, en 1833, el ministro Javier de Burgos establece la división del territorio nacional en 49 provincias, exactamente las mismas que en la actualidad, a excepción de Canarias.
Con el malestar general de toda la población, el 13 de agosto de 1836, mientras la reina regente María Cristina se aloja en el Palacio de La Granja, los sargentos del destacamento de La Granja se amotinan y una pequeña comitiva, encabezada por Alejandro Gómez y Juan Lucas, exigen a la reina la publicación de la Constitución de 1812. La reina acepta la condición y dicta un decreto por el que ordena la publicación.
Gracias al descubrimiento en 1837 de la mariposa Graellsia isabelae, el Guadarrama se convirtió en uno de los cazaderos de insectos más renombrados y frecuentados por los científicos y naturalistas de Europa. Graells dejó la simiente para el desarrollo de toda una generación de entomólogos vinculados al Guadarrama.
A principios del siglo XIX ya se empezaba a plantear la necesidad de abastecer de agua la creciente ciudad de Madrid. En 1858, las aguas del río Lozoya, tras la construcción de El Pontón de la Oliva, llegaron por primera vez a Madrid. De nuevo la Sierra de Guadarrama aporta un elemento imprescindible para el crecimiento de la capital. El hecho representa el origen del actual Canal de Isabel II.
Ya en esta época, se tiene la percepción de que la Sierra de Guadarrama está siendo sometida a una explotación continuada, forestal y ganadera, desde hace siglos y que su estado empeora con la necesidad de materias primas y alimentos que demanda la capital. En 1864, el ingeniero de montes Máximo Laguna publicaba la “Memoria de Reconocimiento de la Sierra de Guadarrama bajo el punto de vista de la Repoblación de sus Montes”, en la que se proponían medidas para la repoblación de la Sierra.
Isabel II es obligada a abandonar el trono y durante el periodo llamado Sexemio que se prolonga desde la revolución de 1868 hasta la restauración de la monarquía con Alfonso XII en 1875, la inestabilidad social y política es evidente, corto reinado de Amadeo de Saboya, la fugaz República, asesinatos, búsqueda de dirigentes responsables, golpes de estado, etc...
Esta situación repercute gravemente en el descubrimiento del Guadarrama hasta que en las últimas décadas del siglo XIX se inicia un cambio con el acercamiento de un grupo, minoritario y selecto, de científicos e intelectuales que realizarán numerosos estudios sobre la Sierra. Mientras que los entomólogos recorrían la Sierra en busca de nuevas especies para la ciencia, los geólogos y botánicos, nacionales y extranjeros, buscaban restos de glaciarismo y recolectaban plantas. Esta corriente de descubrimiento como espacio para el ocio, el deporte y el estudio de la Sierra confluye con el movimiento pedagógico representado por la Institución Libre de Enseñanza encabezada por Francisco Giner de los Ríos.
Un poco antes, en 1871, se creaba la Sociedad Española de Historia Natural.
Un poco más tarde, en 1886, se fundaría la Sociedad para el Estudio del Guadarrama, en 1893 la Sociedad Española de Excursionismo, a principio del siglo XX la Sociedad Gimnástica Española, la Sociedad Militar de Excursiones o la agrupación Peñalara “Los Doce Amigos”, y en el ámbito de la investigación El Instituto de Ciencias Naturales.
El Instituto de Ciencias Naturales.
Otro acontecimiento destacable es la creación, en 1859, de la Escuela de Prácticas de Ingenieros de Montes de la Dehesa de la Garganta, en El Espinar, y en 1870 la escuela de Montes se trasladaría desde Villaviciosa de Odón hasta la Casa de Oficios de San Lorenzo de El Escorial, con la intención de acercarse a los montes y abordar con más comodidad la llamada Comisión para el Servicio del Pinar de Valsaín, encabezada por el ingeniero Joaquín de Castellarnau.
Aunque pueda parecer extraño, a finales del siglo XIX, la sierra del Guadarrama era una gran desconocida para los madrileños, acercándose a ella con más interés desde la puesta en marcha del ferrocarril.
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