Normalmente aplicamos la cualidad de sostenible a cualquier actividad que, aun suponiendo un consumo de recursos, casi siempre finitos, consigue satisfacer las necesidades e incluso alcanzar una mejora en la calidad de vida de las personas sin menoscabo de que las generaciones venideras puedan disponer también de medios con los que cubrir las suyas propias.
Tras dos siglos de fuerte desarrollo industrial y científico, sobre todo del llamado mundo occidental, las voces más prudentes llevan años recordándonos que las fuentes de recursos no son inagotables y que la actividad del hombre supone una presión sobre su entorno que, en ocasiones, lo deteriora y altera de manera irrecuperable.
De esta manera, se plantea la necesidad de plantear los modelos de desarrollo, en el sentido más general del mismo, bajo fórmulas de responsabilidad intergeneracional que garanticen que nuestros descendientes no se encontrarán un planeta adulterado que ponga en peligro su propia supervivencia.
|